Entrevista a Domingo El Colorao: «Una puerta azul mar y un pescador de ideas»

Por Agustina Cadel

 

Me manda la ubicación de su casa en Puerto Lajas y me dice que me pase por allí, que me invita unos mates. Mi amiga Fuen me escribe: “Qué cabrona, vaya planazo.” Y aunque tengo una reunión de trabajo justo cuando él tiene un hueco para recibirme, no lo dudo ni un segundo, cojo la autovía y pongo rumbo a casa del Colorao.

Domingo es de esas personas-emblema, que todo el mundo quiere y admira, y aunque durante la conversación que después mantuvimos recordamos que ya habíamos coincidido una vez en un curso de escritura que Santiago Gil (otro emblema) había dado en La Oliva, sé que no se conoce a un artista como él en un rato compartido, y también sé que la ocasión de charlar de su vida y sus ideas, es una oportunidad que no se debe dejar pasar. Me había enviado la ubicación por Google Maps y, cuando llego al punto marcado, no estoy segura de cuál es su casa. Pero por suerte el pueblo está en silencio y desde una terraza cercana se escucha un timple hablando animadamente. No hace falta preguntar. Una pequeña puerta azul-mar separa la callecita pública de una terraza musical, del arte y de todo un saber hacer acumulado durante una vida.

Tras ella, una terraza amplia y él, sentado a la mesa, con el timple y un mate delante.

Y allí, mate va, mate viene, le pido sin pedirle nada, que deje de ser el Colorao un momento y vuelva a ser Domingo y que me cuente quién es la persona que habita detrás de su agenda artística, detrás de los escenarios, detrás del nombre. El mate lo ceba con yerba Cbsé, que es una combinación de hierbas serranas que a los argentinos nos gusta mucho. «He estado mucho por Argentina; por Latinoamérica en general. Me gusta ir para allá” me contesta cuando le pregunto por qué toma mate. Mientras me empieza a contar sus andanzas dos tórtolas que él ya conoce beben de los cuencos de agua que les deja en su terraza.

Me habla de la tierra desnuda de Fuerteventura, del horizonte limpio, la vista descansada por que en Fuerteventura se puede mirar lejos, dice. Ama su tierra, se nota, en su mirada, en su palabra, cuando escribe música y cuando escribe letras. Pero no como quien fabrica canciones, como quien un artista que realmente sabe usar el alma. En su lenguaje vibra la isla. La memoria de lo que fue y la energía de lo que es hoy. La lleva bajo la piel y le sale por las manos, por el timple, por la voz y por las letras.Y ahora se encuentra explorando algo que me cuenta, no había hecho antes: escribir la música para la letra y la letra para la música. Dice algo que me encanta:

«En Fuerteventura se puede mirar lejos.»

Y pienso que tiene razón. En esta isla que yo también amo, la vista descansa. Y la mente también. Como decía Unamuno, en Fuerteventura puede verse el esqueleto de la tierra.

Y después añade algo que se queda suspendido en el aire:

«Antiguamente salíamos de aquí a matar el hambre en otras tierras, el hambre o la curiosidad, persiguiendo un sueño. Es curioso que ahora otras gentes de otras tierras llegan aquí justamente por la misma esa misma razón por la que nuestros abuelos se fueron alguna vez. Curiosas las vueltas de la vida.»

Me dice que de eso habla también el espectáculo que presenta al día siguiente.

Vive frente al mar en calma de Puerto Lajas, y mientras habla puedo verle la línea del horizonte instalada en las pupilas. Ese mismo es el nombre de su obra actual, La línea del horizonte que acaba de presentar en el Pérez Galdós, me cuenta. Tiene la voz llena de ideas y una mente que, según él mismo dice, no para ni un segundo. Ni siquiera con el mar en silencio delante.

Salvo cuando toca el timple.

Ahí sí.

Ahí el tiempo se detiene y se convierte en pescador, pero de ideas, pescador de música que hasta que él no la pesca, se queda colgada en algún lugar más allá de ese horizonte, un lugar que no vemos, donde la energía aguarda al buen pescador para convertirse en música que emociona a miles. Qué superpoder tienen los grandes artistas, pienso.

Se le llenan los ojos de sonrisas cuando habla de sus hijas. No solo de orgullo por su recorrido o por el saber musical en parte heredado en parte descubierto en sus propias rutas de vida, sino porque “hacen lo que les gusta”, me dice.

Suena el teléfono. Es Radio Nacional. Una entrevista. Lo escucho responder preguntas, pero más que escucharlo lo observo: caminando de un lado a otro de la terraza, auricular en la oreja y teléfono en mano.

Y veo una mente inquieta disfrutando exactamente de donde está.

De una conversación con una desconocida como yo.

O de una entrevista con Radio Nacional.

Del silencio del mar en calma de Puerto Lajas.

O de las parrandas y de los escenarios del mundo.

Y pienso que quizá ahí está la clave.

Porque detrás de un gran artista suele haber algo más profundo guiando el oficio.

Un sentido.

Una forma de estar.

Domingo, el Colorao, pero también el pescador, parece habitar exactamente el lugar donde quiere estar, haciendo aquello que mejor sabe hacer: usar su lenguaje —su timple, su voz y sus palabras— para traernos aquello que pesca ahí fuera.

Y quizá por eso me me inspiran tanto esos versos suyos que contienen exactamente esa misma forma de mirar:

«La isla donde vivo
y a la que quiero
sigue siendo la isla
de los destierros.

Y continúa hasta terminar diciendo:

«Mi isla, un archipiélago,
un continente,
un mundo, un universo
para la gente…
¡Sigan cantando,
porque sobran motivos
pa’ estar luchando!»